He pasado un día con un artesano que trabaja prácticamente igual que su bisabuelo. Esto he aprendido

— ¿Qué hora son estas de llegar?

Con los codos apoyados en el mostrador, Eduardo Represas da toquecitos a su reloj. Llego efectivamente unos minutos tarde, y se lo reconozco. Cosas del tráfico de primera hora en la autovía que separa mi casa, en Vigo, de su taller de gaitas, un diminuto edificio de fachada rojiza situado a las afueras de Ponteareas.

Pero Eduardo no está enfadado; ni siquiera molesto por la (pequeña) tardanza, algo que me deja claro con una sonrisa retranqueira. Lo que está es ansioso.

Quiere empezar el reportaje, mostrar el oficio al que lleva consagrados dos tercios de su vida; primero como aprendiz, ayudando a su padre cuando aún era un chaval de instituto, y desde que regresó de la mili como artesano profesional.

Tanto tiempo lleva Eduardo entre tornos y bloques de madera, modelando punteros, ronquetas y demás piezas de la gaita gallega, que mientras charlamos para el artículo me reconoce que es capaz de identificar cualquiera de sus muchas herramientas casi con los ojos cerrados. Le llega con tantear. Toquetear. Calibrar su peso en la mano. La intuición (quintaesencia del artesano) se encarga del resto.

Antes de seguir, mejor despachar las presentaciones.

El misterio de las cuatro rayas


Eduardo Represas tiene 48 años y lleva casi toda su vida —y este “casi” es de los buenos, de los que abrazan prácticamente una totalidad— dedicado a crear gaitas con sus manos. Con 16 empezó a echar una mano a su padre en el taller de Xinzo (Ponteareas), al regresar del servicio militar en Canarias se volcó aún más con el negocio familiar y, desde que hace cuatro o cinco años su padre decidió jubilarse, lleva las riendas del taller de artesanía junto a su hermano, Marcos.

Él se encarga de obrar el milagro: que lo que entra en su taller como tacos de fresno o granadillo salgan de allí convertidos en ronquetas, punteros y las demás piezas de madera que conforman las gaitas, todo bien ensamblado en el fuelle.

Sobre su hermano Marcos recae la misión de dar forma a las palletas, la pequeña pieza vibratoria sin la que las gaitas serían poco más que muebles vistosos. Y a su mujer le corresponde preparar los vestidos y flecos, los elaboradísimos tejidos que recubren la gaita y la elevan (aún más) a la categoría de obra de arte.

Antes que Eduardo o Marcos ya se dedica a lo mismo su padre. Y antes que su padre lo hizo su abuelo, y su bisabuelo. Para encontrar las raíces de la tradición artesanal de los Represas hay que remontarse a hace casi un siglo, cuando Antonio, Jesús y Gesumino empezaron a fabricar gaitas. En un guiño a esa larga estirpe artesanal, Eduardo graba cuatro líneas en sus piezas de madera.

Una raya por cada generación. Junto al sello, un anagrama de las iniciales familiares, explica, es una de las señas distintivas que identifican sus gaitas.

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Aclarado el quién, toca el qué.

Eduardo es un artesano.

Y aquí la palabra vuelve a alcanzar toda su extensión semántica. Cuando se saca el mandil y echa la llave al taller, le gusta la bici, el barranquismo, subir vídeos a YouTube y trastear con teles rotas y drones; pero de puertas adentro del obrador, Eduardo trabaja prácticamente igual que sus antepasados. Con las manos.

Y dos o tres máquinas a las que el paso de las décadas ha oscurecido hasta la marca del fabricante. A simple vista, reciente, reciente se aprecia solo una esmeriladora, un ventilador y una radio polvorienta de las que aún pueden reproducir casetes.

Si su abuelo entrase hoy por la puerta le sorprendería quizás el smartphone que Eduardo lleva en el bolsillo o el punteiro electrónico que expone en el mostrador de la entrada, pero en el taller propiamente dicho podría desenvolverse con entera soltura. “La máquina que uso puede tener 60 años, es un torno que ya usaban mi padre y abuelo”. Lo único que han cambiado —explica— son las correas y el motor, que tuvo que reponer cuando hace unos años le robaron el original.

— ¿Trabajas igual entonces que tu bisabuelo?

— Bueno, cuando empezó mi bisabuelo no había electricidad. Todo se hacía con pedales. Desde hace 50 años para acá el trabajo es muy similar.

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En el trabajo de carpintería que se desarrolla en el taller esos han sido los grandes cambios entre la época de Eduardo y la de su bisabuelo. Electricidad. Maquinaria mecánica. Lo justo para agilizar el trabajo sin perder la esencia del artesanado. Y así lo prefiere el propio Eduardo, poco partidario de usar tornos copiadores que le permitirían multiplicar de forma exponencial su producción.

Cada una de sus piezas es distinta. Única. Con diferencias, rayas que no se trazan exactamente a la misma altura o presentan diferencias milimétricas. Es él mismo quien se encarga ya no de reconocerlo, sino de presumir de ello como un plus.

— Aquí no encuentras dos piezas iguales. Hay ligeras diferencias.

El otro significado de automático

En una época de automatización, con la eficiencia convertida en gran mantra empresarial y la IA agilizando procesos a una velocidad endiablada, Eduardo es consciente de que el suyo es un oficio peculiar. Otra forma de afrontar el trabajo. Sus obras llevan el sello de artesanía, cierto, pero reconoce que solo una parte ínfima —”un 2%”, se arranca a valorar— aprecia realmente ese valor extra.

Su propio taller tiene un futuro sembrado de dudas. Aunque él tiene dos hijos, duda que vayan a coger el relevo del obradoiro y sumar una quinta raya a las gaitas Represas. Si hay esperanza, explica, es con su sobrino, de aún nueve años.

Y el artesanado se aprende, pero sobre todo se practica.

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Se interioriza a un nivel que eleva la intuición a su enésima potencia. Igual que en otras oficios, sí; pero distinto. Eduardo o su hermano trabajan al fin y al cabo con sus propias manos, manejando la madera de fresno y granadillo, la caña, alambre o el asta con el instinto pulido por los años. Beben de una larga tradición en la que la maquinaria es solo una forma de agilizar un proceso que se conoce al dedillo.

Compartir una mañana de trabajo con Eduardo es la mejor forma de comprobar cómo se desenvuelve un artesano en su medio. Y, en este caso, asistir al paciente parto de una gaita gallega. El día que lo visito en su taller, Eduardo ya ha acabado de serrar la madera y se afana en el furado, la fase en la que toma piezas de fresno o granadillo y las orada para abrir la guía principal. En el proceso recurre a máquinas que llevan décadas en el taller. E intuición. Sobre todo intuición.

Visto desde fuera las piezas de madera parecen bloques compactos, maleables; pero su interior está sembrado de trampas. Igual que un campo minado. Dentro tienen nudos que complican el trabajo. Y un mal movimiento puede malograr una pieza de 30 euros en la que ya ha invertido una hora trabajando. Para abrir los agujeros Eduardo se inclina sobre el material, afina el ojo y templa el pulso.

Con el bloque de madera ya agujereado, toca desbastarlo, incluir las anillas si la pieza lo requiere y pasar al torno para darle la forma de un puntero, una ronqueta o la prima, segunda y tercia que conformarán el roncón. Toca de nuevo activar la máquina, inclinarse sobre la madera e ir manejándola con tino para liberar el material que sobra y dar forma a la pieza. Igual que un escultor.

Si Eduardo no fuese un artesano y su lugar de trabajo funcionase como una factoría industrializada en vez de un obrador, probablemente ese mismo proceso requeriría introducir en un programa parámetros precisos sobre la forma de la pieza: distancias, proporciones… A él lo guía la experiencia de décadas.

Durante el proceso, mientras saltan virutas de granadillo y el taller se llena de un agradable olor a la madera recalentada, le veo echar mano un par de veces de una vieja regla articulada que tiene a su derecha. Una. Dos. No más. Sin apartar la vista del torno estira la mano para servirse de una u otra herramienta, según la necesite en cada fase. Si por un casual cogiese la equivocada no habría problema. Solo con el peso, el tacto, reconoce que no es la que necesita y corrige sobre la marcha.

— Es automático.

Curioso. En la inmensa mayoría de talleres del país “automático” significaría otra cosa. En el obrador de Eduardo a los pies de la N-120, la carretera que lo conecta con el casco urbano de Ponteareas, es sinónimo de todo lo contrario: un instinto alimentado desde que torneó su primer puntero, una pieza de ébano, aún lo recuerda, a la que dio forma al poco de regresar del servicio militar, un día que su padre había salido del taller y él se lanzó a experimentar con la maquinaria.

Y así, entre sus manos, van tomando forma el puntero, la ronqueta, el soplete, el ronco. Agujereado, desbastado, anillado, torneado, lijado, barnizado, encorchado.

Automático, que diría Eduardo.

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En un buena jornada de trabajo es capaz de preparar las piezas de una gaita de brezo en unas ocho horas, una por pieza. Quedan luego el vestido y los retoques que la convierten en un poderoso instrumento capaz de levantar a la clientela de un furancho o ejecutar las virguerías sonoras de las que presumen Xosé Manuel Budiño o Carlos Núñez, gaiteiro de Vigo este último, recuerda Eduardo, que se estrenó con una primera gaita fabricada en el taller de Ponteareas.

Con las piezas listas toca encajarlas en el fuelle, la bolsa que compone el cuerpo de la gaita. En su día, hace ya décadas, se fabricaban con neumáticos, luego se pasó al cuero y charol —hacía falta un zapatero para coserlo— y el Gore-Tex, el material que se usa hoy. Eduardo las compra y almacena para encajarles luego las piezas y cubrirlas con los flecos y vestidos que se encarga de tejer su pareja en casa.

No es lo único que ha cambiado en el oficio.

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Que Eduardo siga trabajando en el mismo sitio, con las mismas técnicas y prácticamente la misma maquinaria que su padre o su abuelo, no significa que el proceso completo de elaboración de las gaitas no se haya subido a la ola del siglo XXI. Los fuelles son un ejemplo claro. Otro son los juegos de anillas.

Antes de que la crisis de las vacas locas lo pusiese todo patas arriba, el artesano solía viajar a Portugal para volver con el maletero de su coche repleto de astas de vacas. Con calor y mucha paciencia lograban doblegar la cornamenta en el taller para amoldarla a las formas deseadas y que acara convertida en anillas.

Ahora son de resina. La hay incluso que imita los dibujos de las astas originales, lo que a artesanos como Eduardo les permite conservar la elegancia de las piezas de hace 30 años sin tener que volver con el coche impregnado del olor del matadero.

Otras piezas que han cambiado son las válvulas, conductos plásticos que impiden que el músico empape con su saliva la madera de la gaita; o las llaves, que Eduardo elabora con una impresora 3D. Para el afinado dispone de aparatos digitales, lo que ahorra a los artesanos tener que aplicar un oído digno de un lutier.

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Si algo ha cambiado sin embargo en el taller de Represas, ya no desde la época de su abuelo, sino de la de su propio padre, es la labor de comercialización. Ahí sí que Internet, el e-commerce y los algoritmos se encargan de hacer su magia.

— Tenemos página web desde hace bastantes años. Y estamos en Amazon. Nuestro trabajo es analógico, manual, menos en la parte de las ventas.

— Esa parte del negocio habrá cambiado, ¿no?

— Antes tenías que salir a buscar clientes —rememora Eduardo—. Mi padre incluso dejaba gaitas en depósito en las tiendas. Ahora tienes Internet.

— ¿Y os piden gaitas de fuera?

— Ayer salió una para México y tengo otra pendiente para Argentina —presume Eduardo, inclinado aún sobre el torno y con las virutas saltando aún por el taller—. Aunque si hablamos del extranjero, donde más gaitas piden es en Portugal.

Aunque lleva más de 30 años vinculado al taller, Eduardo asegura que cada jornada es diferente. El resultado son siempre gaitas, de madera lustrosa, selladas, y guardadas en sus estuches. En el largo camino desde los vastos tacos de madera serrados y ese resultado final surgen sin embargo imprevistos con los nudos, vetas o la maleabilidad de cada material que le obligan a ir adaptando el rumbo.

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La madera marca el ritmo. Impone su lógica, caprichosa e impredecible. A Eduardo le corresponde doblegarla. Poner orden en el caos para convertir lo que hasta hace no tanto eran ramas y troncos elevados a metros de altura en alguna zona boscosa de América o África en instrumentos de precisión, capaces de clavar un do o un re tan afinados que podrían acompañar a una orquesta sinfónica.

Ver cómo afronta el proceso, la agilidad con la que se mueve por el taller de su padre, abuelo y bisabuelo y maneja sus herramientas casi como una extensión de sus manos te da una nueva perspectiva sobre qué es la pericia en el trabajo.

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El reloj se acerca ya a las dos de la tarde. En breve Eduardo colgará su mandil, echará la llave del taller y se irá a casa con el olor a granadillo y freixo incrustado aún en los poros de las manos. Ritmo similar sigue su hermano, Marcos, quien se encarga de preparar unas 50 o 60 palletas a la semana con cañas e hilo.

El tempo en el negocio familiar es distinto también al de las factorías. Eduardo explica que trabaja por las mañanas. Las tardes las dedica a sus aficiones. Solo en épocas de mucha demanda, como en Navidades, cuando se disparan los pedidos, altera la rutina y acude por las tardes al obrador si necesita apurar encargos.

Antes de despedirnos con la misma sonrisa retranqueira con la que me recibió, insiste en mostrarme una de las novedades que comercializa en el taller, aunque el artífice en este caso, explica, no es él: un punteiro electrónico y recargable.

— ¿Es el futuro?

Eduardo no lo sabe, pero confía en que mientras siga habiendo ganas de fiesta en Galicia, Portugal o al otro lado del Atlántico seguirá habiendo gaitas. Y los artesanos que se encargan de darles forma con sus manos y experiencia.

Por lo pronto acaba de añadir un día a su larga carrera de artesano.

Una jornada más para cerrar el cuarto círculo de la saga Represas.

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Esta información pertenece a su autor original y se encuentra disponible en: https://www.xataka.com/magnet/he-pasado-dia-artesano-que-trabaja-practicamente-igual-que-su-bisabuelo-esto-he-aprendido

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