Bienvenido al Club Offline, un espacio sin teléfono para conectar de verdad

La sala se quedó en silencio. Un hombre sentado a mi izquierda en una larga mesa de madera empezó a rascar un papel con un lápiz de colores. A mi derecha, otro tomaba un libro. Enfrente, alguien se enfrascaba en un rompecabezas. Nos habíamos reunido para participar en un ritual desconocido: estar extremadamente “desconectados”.
Llegué a las 18:45 de ese lunes por la tarde a un anodino bloque de oficinas de Dalston, una zona recientemente aburguesada del este de Londres. Me recibió en la puerta el anfitrión del evento, que llevaba una camiseta en la que se leía «The Offline Club» (El club desconectado). Les entregué mi teléfono, que guardaron en un armario especial, una especie de hotel cápsula encogido.
La entrada daba a una sala estrecha con altos muros de concreto pintados de blanco, con espacio suficiente para que se sentaran unas 40 personas. La mesa de madera corría por el centro de la sala, bordeando una zona de sofás y una pequeña cocina con infusiones y otras bebidas. Dos escaleras de madera contrachapada conducían a descansos vestidos con cojines de tela estampada e iluminados con luces tenues. En la pared opuesta, las ventanas del suelo al techo estaban cubiertas de ficus y otras plantas de hoja ancha.
Los asistentes empezaron a filtrarse, dejando sus teléfonos en la puerta. La edad oscilaba entre los 25 y los 40 años, con un reparto bastante equitativo entre ambos sexos. El vestuario colectivo llevaba el sello distintivo del invierno británico: lana de punto, pana, botas Chelsea, etcétera, pero con un toque moderno típico de esta parte de la ciudad: un tatuaje por aquí, un suéter de cuello alto por allá. Conocí a un productor de video, a un perito de seguros e, irónicamente, a un ingeniero de software de una importante empresa de redes sociales. Otros se mostraban más reservados, quizá mejor adaptados a la extrañeza de la ocasión social.
El grupo estaba unido por una ambición común: desconectarse de sus dispositivos, aunque solo fuera por un rato. The Offline Club organiza eventos similares en toda Europa, cobrando unos 17 dólares por la entrada. A partir del año pasado, las entradas para los de Londres empezaron a agotarse con regularidad.
«Hablamos de ello como de una suave rebelión», cuenta Laura Wilson, copresentadora de la rama londinense del club. «Cada vez que no estás con el teléfono, te estás reivindicando a ti mismo».
Pronto, apenas quedaba una silla, un taburete o un cojín vacío en la sala. El anfitrión indicó que era hora de dejar de hablar. Siguiendo el ejemplo de los demás, tomé un lápiz de colores y con mano poco delicada y poco práctica empecé a garabatear.
«Siento que soy adicto a mi teléfono»
El Club Offline comenzó en 2021 con un fin de semana improvisado fuera de la red en la campiña holandesa organizado por Ilya Kneppelhout, Jordy van Bennekon y Valentijn Klol. El experimento les pareció instructivo, y el trío empezó a organizar escapadas fuera de línea poco frecuentes en los Países Bajos con el propósito de fomentar el tipo de interacción informal entre desconocidos que, en su opinión, es ahora una rareza en un mundo gobernado por dispositivos.
Los tres holandeses fundaron formalmente el Offline Club en febrero de 2024 y empezaron a organizar encuentros en un café de Ámsterdam. Desde entonces, han exportado el concepto a otras 19 ciudades, sobre todo de Europa, y cada sucursal está gestionada como una franquicia por organizadores a tiempo parcial. Los eventos suelen seguir un formato fijo: una hora de silencio, durante la cual la gente es libre de hacer lo que quiera (leer, resolver rompecabezas, colorear, hacer manualidades, etcétera) seguida de una hora de conversación sin teléfono con los demás asistentes.
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