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El futuro de Cuba y el castrismo está en las manos de Trump

Este lunes 16 de marzo, Cuba entera y sus 9 millones de habitantes se quedaron sin luz. El apagón total, el sexto en año y medio, es solo la más reciente falla dentro del cataclismo sistémico que la isla sufre desde hace años y que solo ha empeorado después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidiera cortar hace más de dos meses el flujo de crudo venezolano que alimentaba las termoeléctricas.

Tras la operación militar del gobierno estadounidense que extrajo a Nicolás Maduro de Venezuela, en enero pasado, y de la enorme presión trumpista posterior hacia la isla, el castrismo busca cómo salir del cráter donde la onda expansiva de esta maniobra lo colocó, pero en realidad está a merced de Estados Unidos. Quedó claro cuando, horas después de la noticia del apagón generalizado, Trump dijo en una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca que será “un gran honor” para él “tomar Cuba”: “Creo que puedo hacer lo que quiera con ella. Es una nación muy debilitada en este momento”.


Donald Trump aseguró que “Estados Unidos entrenará y movilizará a los ejércitos de los países socios para construir la fuerza de combate más efectiva necesaria para desmantelar a los cárteles”.


La estrategia de Trump ha logrado el objetivo que perseguía: llevar la eterna crisis económica de Cuba al máximo nivel posible para decretarle al régimen una muerte por asfixia. El golpe dejó al país al borde del colapso total: sin transporte; con escuelas y universidades cerradas; con la impresión de los periódicos nacionales reducida a un día de la semana, con los barrios sin electricidad la mayoría del tiempo; con las casas sin agua ni gas; con las personas cocinando con leña en las calles, y muy cerca de montañas de basura que solo pueden reducirse con fuego, para que no lleguen a las puertas de los hogares.

El régimen cubano lleva nadando a contracorriente 67 años. Ha ideologizado a su pueblo a la fuerza mediante la supresión de los derechos humanos y las libertades individuales. Hoy tiene una economía paralizada, se quedó sin la ayuda sostenida de aliados firmes y no tiene un líder que transmita confianza y convicción. Miguel Díaz-Canel, el presidente, es un mero gestor de Raúl Castro, hermano de Fidel, quien aglutina el poder real, pero que, oficialmente, ya no cuenta con cargos en el gobierno.

Su estado actual nos dice que se aproxima el final de su existencia, una muerte que se producirá ante los pies de su archienemigo político, el gobierno de Estados Unidos. El castrismo se antoja como la próxima víctima del “Corolario Trump”, la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, publicada en diciembre de 2025, que busca actualizar la Doctrina Monroe de 1823, esa añeja idea imperial de “América para los americanos”.

Las casi siete décadas de intransigencia del régimen cubano han dejado un país en ruinas. Las industrias tienen una producción nula porque las únicas estrategias gubernamentales están destinadas al desarrollo de la oferta turística en manos de GAESA, la empresa de las Fuerzas Armadas que administra más del 80% de la economía más pobre de América Latina, según la CEPAL. La población es la más envejecida de todo el continente al combinarse que más del 25% de los ciudadanos de la isla tiene más de 60 años y que los jóvenes nutren el grupo de más de un millón de personas que se ha marchado del país en los dos últimos años. Hacinados y en condiciones infrahumanas, en la isla hay 1,214 presos políticos por levantar la voz para tener acceso a una vida digna, según la organización Prisoner Defenders.

La única salida de este desastre es que el régimen encuentre la manera de que Trump le afloje la mano en la garganta. La búsqueda de ese oxígeno lo demuestran las conversaciones secretas que, según el diario El Nuevo Herald, se están dando desde hace semanas entre Raúl Guillermo Rodríguez Castro (nieto, guardaespaldas y mano derecha de Raúl Castro) y Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense.

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