La psicología explica por qué hay personas que siempre llegan tarde, incluso cuando hacen todo por evitarlo

Todos conocemos a alguien que promete salir temprano, deja listas sus cosas desde la noche anterior, programa varias alarmas y, aun así, termina llegando tarde. Lo más fácil es pensar que simplemente es desorganizado o irresponsable; sin embargo, la psicología lleva décadas encontrando que, en muchos casos, el problema empieza mucho antes de salir de casa: en la forma en que el cerebro calcula el tiempo.
Porque, aunque solemos imaginar que funciona como un cronómetro, en realidad hace algo muy distinto. No calcula cuánto tardarán realmente las cosas, sino cuánto tardarían si todo saliera exactamente como espera, y ahí comienzan los problemas.
El cerebro siempre apuesta por el mejor escenario posible
Uno de los fenómenos más conocidos es la falacia de la planificación, descrita por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky en 1979. Este sesgo hace que las personas subestimen de manera sistemática el tiempo que necesitarán para completar una tarea, incluso cuando su propia experiencia demuestra una y otra vez que suelen tardar más.
Cuando alguien se prepara para salir de casa, su cerebro construye una versión bastante optimista de lo que está por ocurrir. Imagina que encontrará las llaves enseguida, que el elevador llegará de inmediato, que el tráfico avanzará sin problemas y que habrá estacionamiento disponible. Lo curioso es que ese cálculo casi nunca incluye todo lo que ocurre en la vida real.
Buscar la cartera, regresar porque se olvidó el celular, esperar un semáforo, cargar gasolina o perder un par de minutos respondiendo un mensaje son pequeños retrasos que parecen insignificantes por separado, pero que casi siempre terminan apareciendo.
Por eso muchas personas salen convencidas de que necesitan veinte minutos para llegar a un lugar, cuando en realidad rara vez lo consiguen. El cerebro no calcula el tiempo como un cronómetro, lo calcula como una expectativa.

En México, ese optimismo se enfrenta al tráfico todos los días
Ese cálculo optimista todavía tiene menos posibilidades de funcionar en ciudades donde los tiempos de traslado cambian constantemente. De acuerdo con Data México, el tiempo promedio para llegar al trabajo es de 32.3 minutos a nivel nacional. En Ciudad de México la cifra aumenta a 43.4 minutos, y miles de trabajadores invierten más de una hora en un solo trayecto.
En un escenario así, basta con que ocurra cualquiera de los imprevistos de siempre —un accidente, una lluvia intensa, una estación saturada del transporte público o unos minutos buscando estacionamiento— para que toda la planeación se venga abajo.
El problema es que el cerebro hizo sus cuentas imaginando el mejor escenario posible, mientras que la ciudad casi siempre tiene otros planes.
No todos sentimos que un minuto dura lo mismo
Pero calcular mal el tiempo no explica todos los casos. El psicólogo Jeff Conte, de la Universidad Estatal de San Diego, encontró que el cerebro tampoco percibe el paso de los minutos de la misma manera en todas las personas.
En uno de sus experimentos pidió a varios participantes que avisaran cuando creyeran que había transcurrido exactamente un minuto, sin utilizar relojes. Quienes tenían una personalidad Tipo A —más competitiva y orientada a objetivos— daban por terminado el minuto alrededor de los 58 segundos.
Las personas con personalidad Tipo B, generalmente más relajadas, esperaban hasta aproximadamente 77 segundos para afirmar que había pasado un minuto. La diferencia parece pequeña, pero basta con repetir ese cálculo varias veces durante una mañana para acumular varios minutos de retraso, eso no significa que unas personas administren peor su tiempo, sino que su reloj interno simplemente funciona de otra manera.


Cuando el cerebro deja de notar que el tiempo está pasando
Existe otra explicación especialmente importante para algunas personas: la llamada ceguera del tiempo. El neuropsicólogo Russell Barkley ha estudiado este fenómeno durante años y explica que aparece con frecuencia en personas con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o con alteraciones en las funciones ejecutivas. La dificultad no consiste en leer un reloj, consiste en darse cuenta de cuánto tiempo está transcurriendo mientras se hace otra cosa.
Por eso alguien puede responder un correo «solo un momento», revisar un mensaje o terminar una tarea aparentemente rápida y descubrir, media hora después, que el tiempo pasó mucho más rápido de lo que imaginaba. A eso se suma otro detalle que el cerebro suele pasar por alto: salir de casa nunca implica una sola acción.
Hay que apagar las luces, guardar la computadora, ponerse los zapatos, cerrar ventanas, tomar las llaves, revisar que no falte la mochila y cerrar la puerta. Cada uno de esos pasos dura apenas unos segundos, pero el cerebro los agrupa como si fueran un solo movimiento. Cuando finalmente suma todos esos pequeños tiempos, el retraso ya apareció.
Un día lleno de pequeños retrasos
La rutina cotidiana en México tampoco ayuda. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) del INEGI muestra que millones de personas distribuyen su día entre trabajo, traslados, tareas domésticas, cuidados y otras actividades. Eso deja muy poco margen para absorber cualquier imprevisto.
Cuando el cerebro ya había calculado el mejor escenario posible, basta con añadir una llamada inesperada, una fila en el transporte público o un semáforo especialmente largo para que todo el plan se desajuste. Ninguno de esos retrasos parece importante por separado; juntos hacen que llegar tarde sea mucho más fácil de lo que creemos.


Llegar tarde no siempre significa falta de interés
Ninguna de estas investigaciones afirma que toda persona impuntual tenga un problema psicológico ni que la responsabilidad desaparezca. Lo que muestran es que la puntualidad depende de procesos mucho más complejos que simplemente «echarle ganas».
En algunos casos intervienen sesgos al planificar. En otros, una percepción distinta del paso de los minutos. Y para algunas personas, especialmente aquellas con TDAH, existe una dificultad real para estimar cuánto duran las actividades cotidianas.
Quizá por eso todos conocemos a alguien que asegura, con total honestidad, que «ya va saliendo», cuando todavía está buscando las llaves o poniéndose los zapatos. No necesariamente estaba inventando una excusa, sino que es muy posible que, en ese momento, su cerebro realmente creyera que esos últimos cinco minutos serían suficientes para llegar a tiempo.
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