¿Qué pasaría si una tormenta solar extrema golpea a la Tierra? Un estudio advierte que no somos conscientes del peligro real

Es bien sabido que cuando una tormenta solar ocurre, según su nivel de intensidad, esta puede influir en el funcionamiento de redes eléctricas, sistemas de navegación o comunicaciones satelitales. El problema es que aún no sabemos con certeza qué ocurriría hoy si la intensidad de una tormenta alcanza niveles como el del evento Carrington de 1859, de esos fenómenos tan extraordinarios que solo se dan una vez cada mil años. En aquel suceso catastrófico, la comunicación por telégrafo se vino abajo en medio mundo y las auroras boreales pudieron ser vistas por toda Norteamérica hasta Cuba. ¿Pero qué pasaría si un fenómeno así ocurriera hoy en día, con tantos satélites que hay encima de nosotros? De acuerdo con un estudio reciente encabezado por científicos del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, es posible que estemos subestimando los efectos de una tormenta solar extrema en nuestras tecnologías modernas.
“El campo magnético de nuestro planeta nos protege eficazmente de muchos efectos del clima espacial, por lo que estos suelen manifestarse simplemente como fallos o hermosas auroras boreales”, apunta Maria Walach, investigadora de la Universidad de Lancaster, quien colaboró en el estudio. “Sin embargo, existen casos extremos, como la caída inesperada de satélites a la Tierra o la pérdida de las comunicaciones y las señales GPS”.
Recordemos que las tormentas solares se producen cuando el viento solar (un flujo continuo de partículas cargadas emitidas por el Sol) interactúa con la magnetosfera terrestre. Durante los episodios más intensos, estas perturbaciones pueden resultar en afectaciones, como las ya mencionadas al inicio de esta nota, e incluso modificar la atmósfera superior.
Para estimar la intensidad del viento solar, los investigadores utilizan principalmente mediciones realizadas por satélites situados en el punto de Lagrange L1, a unos 1.5 millones de kilómetros de la Tierra. El problema es que esas observaciones no corresponden exáctamente al entorno donde el viento solar acaba interactuando con el campo magnético terrestre. Entre ambos puntos transcurre un tiempo variable y, además, el plasma solar cambia durante el trayecto.
Los autores sostienen que esta incertidumbre, lejos de ser un simple ruido experimental, introduce un sesgo sistemático en el análisis de los datos.
Estadísticas solares
El punto central del estudio reside en un conocido fenómeno estadístico denominado regresión hacia la media. En términos sencillos, cuando una medición resulta extraordinariamente alta, el valor real que intenta representar suele ser, en promedio, menos extremo. Esto ocurre porque las incertidumbres aleatorias pueden exagerar ocasionalmente una observación.
En el caso del viento solar, una medición excepcionalmente intensa realizada en L1 probablemente corresponde a un viento algo menos intenso cuando alcanza la región donde realmente interactúa con la magnetosfera. Si los científicos relacionan directamente esa medición extrema con la respuesta observada de la Tierra, el efecto parecerá insignificante para un estímulo tan grande. Repetido miles de veces, este efecto genera la falsa impresión de que la magnetosfera deja de responder al aumentar la intensidad del viento solar.
Lo que ocurre es que, durante años, los científicos han creído que existe un límite natural a la intensidad con la que la Tierra responde a las tormentas solares más extremas. Según esa idea, cuando el viento solar alcanza valores muy elevados, el campo magnético terrestre deja de reaccionar de manera proporcional y su respuesta entra en una especie de “saturación”. Sin embargo, este nuevo estudio plantea que tal vez ese límite nunca existió. Lo que parecía un fenómeno físico podría ser, en realidad, una ilusión provocada por la forma en que se analizan las mediciones.
Para comprobar esta hipótesis, los investigadores desarrollaron un modelo estadístico que incorpora las principales fuentes de incertidumbre: las variaciones en el tiempo que tarda el viento solar en llegar a la Tierra y los cambios aleatorios que experimenta durante ese recorrido. El modelo reproduce con notable precisión la misma curva de «saturación» observada en más de 25 años de datos, sin necesidad de invocar ningún mecanismo físico que limite la respuesta terrestre.
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