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«Siempre asumir que va a fallar el Plan A»; así nació la filosofía que convirtió un fracaso en una de sus mayores lecciones

Mucho antes de convertirse en uno de los empresarios más reconocidos de México o en uno de los inversionistas más populares de Shark Tank México, Carlos Bremer creyó haber encontrado el negocio perfecto. Después de ganar dinero revendiendo calculadoras cuando apenas tenía 12 años, decidió invertir sus ahorros en un salón de maquinitas inspirado en los arcades que había visto en Estados Unidos. 

Consiguió un local cerca de varias escuelas y estaba convencido de que el negocio se llenaría todos los días, pero la realidad tenía otros planes. Los clientes nunca llegaron como esperaba y el negocio terminó cerrando y décadas después, Bremer resumiría aquella experiencia en una frase que repetiría constantemente a empresarios y emprendedores: «Siempre asumir que va a fallar el Plan A».

A primera vista puede sonar como una invitación al pesimismo. En realidad, propone exactamente lo contrario: prepararse para que los imprevistos no se conviertan en el final del camino.

El fracaso no cambió su forma de emprender; cambió su forma de planear

Aunque el salón de maquinitas suele recordarse como uno de sus primeros fracasos, en realidad Carlos Bremer ya llevaba años haciendo negocios. Desde niño buscaba cualquier oportunidad para ganar dinero. 

A los 12 años compraba calculadoras de bolsillo en Estados Unidos para revenderlas en Monterrey entre empresarios que conocían a su padre. Aquellas ventas le permitieron reunir el dinero con el que, tiempo después, abriría el salón de videojuegos.

La idea parecía infalible. Había visto cómo esos negocios funcionaban en Estados Unidos y pensó que en México ocurriría exactamente lo mismo. Rentó un local cerca de varias escuelas, compró las máquinas y esperó a que los clientes llegaran, pero había pasado algo por alto.

Los estudiantes simplemente no tenían el dinero suficiente para jugar con la frecuencia que él había imaginado. Intentó atraer más clientes con promociones e incluso regaló partidas algunos días, pero el negocio nunca despegó. Aquella experiencia le dejó una lección que no olvidaría: una buena idea no garantiza un buen resultado si se construye pensando que todo saldrá exactamente como fue planeado.

Lejos de abandonar los negocios, hizo justo lo contrario. Poco tiempo después comenzó a organizar viajes escolares a Disneyland y ya negociaba con agencias de viajes, reunía grupos completos y convencía a los padres de familia para participar. Sin darse cuenta, ya estaba poniendo en práctica la enseñanza que le había dejado el salón de maquinitas: cuando un plan deja de funcionar, lo importante no es aferrarse a él, sino encontrar otro camino.

Ese aprendizaje volvió a acompañarlo cuando inició su carrera en el mundo financiero. Antes de cumplir los 20 años ya trabajaba en una casa de bolsa y, con el paso del tiempo, terminaría fundando Value Grupo Financiero, una de las firmas de inversión más importantes del país y quizá por eso insistía tanto en que un emprendedor nunca debía enamorarse de una sola estrategia.

Bremer

La psicología explica por qué casi todos creemos que nuestro Plan A funcionará

Lo curioso es que esa lección también lleva décadas siendo estudiada por la psicología y la economía del comportamiento. Uno de los conceptos que mejor la explica es el sesgo de exceso de confianza (overconfidence bias), descrito por investigadores como Daniel Kahneman. Este fenómeno hace que las personas tiendan a sobreestimar sus probabilidades de éxito y, al mismo tiempo, subestimen los riesgos, incluso cuando cuentan con información limitada.

La psicología también habla de otro fenómeno muy parecido: la falacia de la planificación (planning fallacy), desarrollada por Kahneman y Amos Tversky. Esta teoría sostiene que solemos calcular mal el tiempo, el dinero y los recursos que necesitaremos para completar un proyecto porque imaginamos el escenario más optimista y dejamos de lado los obstáculos que podrían aparecer.

En otras palabras, solemos hacer planes creyendo que todo saldrá exactamente como lo imaginamos. Sin conocer esos conceptos académicos, Carlos Bremer había llegado a una conclusión muy parecida. Cuando recomendaba asumir que el Plan A podía fallar, no estaba invitando a esperar el fracaso. Lo que proponía era aceptar que la incertidumbre forma parte de cualquier proyecto y prepararse para responder cuando las cosas no salen como uno esperaba.

En México, emprender también significa aprender a adaptarse

La experiencia de Bremer también encuentra eco en el panorama empresarial mexicano. El INEGI lleva años estudiando la demografía de los negocios para entender cuántas empresas nacen, cuántas sobreviven y cuántas desaparecen con el paso del tiempo.

Más allá de medir el éxito o el fracaso de un negocio, esos estudios muestran algo mucho más importante: emprender significa operar en un entorno que cambia constantemente. Las condiciones económicas, los hábitos de consumo, la competencia e incluso acontecimientos inesperados pueden transformar por completo el panorama de una empresa en cuestión de meses.

Negocios 2
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Por eso, tener una buena idea rara vez es suficiente. La capacidad para ajustar el rumbo cuando cambia la realidad suele ser uno de los factores que más influye en la continuidad de un negocio. En un país donde la mayoría de las unidades económicas son micro y pequeñas empresas, esa flexibilidad resulta todavía más importante. Con recursos limitados, un error de cálculo o un cambio inesperado en el mercado puede marcar una diferencia importante.

Vista desde ese contexto, la frase de Bremer deja de parecer un consejo motivacional. Se convierte en una estrategia para tomar decisiones: pensar desde el principio qué hacer si el primer plan deja de funcionar.

Más que una frase sobre negocios, es una lección sobre la incertidumbre

Quizá por eso Carlos Bremer nunca presentó esa idea como una invitación al pesimismo; hizo todo lo contrario. Su primer gran negocio terminó cerrando, pero también fue el que cambió para siempre su manera de entender el emprendimiento.

Con el paso de los años, fundó una de las firmas financieras más importantes de México, invirtió en cientos de empresas y se convirtió en uno de los empresarios más reconocidos del país. Sin embargo, la enseñanza que más repetía no provenía de uno de sus mayores éxitos, sino de uno de sus primeros tropiezos.

Aquel adolescente que creyó haber encontrado el negocio perfecto terminó descubriendo algo mucho más valioso que cualquier inversión: ningún plan es infalible. Los planes siguen siendo necesarios, pero también la capacidad de cambiarlos cuando la realidad obliga a hacerlo.

Décadas después, seguía recordando aquella historia de las maquinitas. No porque hubiera sido el negocio más importante de su vida, sino porque fue el primero que le enseñó que, en los negocios y fuera de ellos, el verdadero riesgo no es que falle el Plan A, sino no tener preparado el siguiente paso.

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