Efímero – El Heraldo de México

Vivimos en la era de la inmediatez. Lo que está de moda pasará a la historia en cuestión de días. Si lo que compartes no atrae atención en los primeros 15 segundos, pasará desapercibido. Incluso al ser espectadores, ya no solo se trata de vivir una experiencia, sino de captarla y compartirla, con el único objetivo de conseguir “views”, “me gusta” y un gran número de “veces compartido”.
Hoy, todo se rige por la “viralidad”, la música, el entretenimiento, incluso los productos se pueden anunciar como “los más virales” para atraer más compradores… lamentablemente, el deporte no es la excepción.
Hoy, un atleta de 23 o 25 años ya está alcanzando su “prime” o “madurez”. A los 30 muchos están en la recta final. A los 34, salvo excepciones, se les mira como veteranos que “aún rinden” o que “tienen algo que aportar”, está implícito que ya han brindado gran parte de lo que podían aportar.
Y no, no es que el cuerpo humano ahora se deteriore anticipadamente. Lo que cambió es el entorno: la carga de competencias, la presión mediática, aquella que está permanente dentro y fuera de las canchas, dentro y fuera de los campos de entrenamiento, incluso al terminar una temporada; la exigencia de rendimiento constante, y un mercado que no espera. Todo parece haberse adelantado y la ventana de oportunidad se encogió.
En este contexto, los números del fútbol mundial ofrecen un matiz interesante. Para este último mundial, la edad promedio de los jugadores fue de 28 años con 115 días: la más alta registrada desde 1966.
El récord anterior pertenecía a Rusia 2018 (28 años y 11 días). Sin embargo, entre España 1982 y Brasil 2014, ese promedio se mantenía entre 27 años y unos meses.
La tendencia es clara: las últimas tres ediciones muestran un envejecimiento gradual de los planteles. La ciencia del deporte, la recuperación, la nutrición y la medicina permiten que algunos atletas de élite se mantengan competitivos más tiempo. Messi, Ronaldo, Modric o incluso Ochoa no son anomalías aisladas; son síntomas de una generación que pudo extender su ventana, algo que muy probablemente no volveremos a ver.
La paradoja se presenta al tener un pequeño grupo de futbolistas que consiguió mantenerse activo y en buen estado físico, aprovechando tecnologías innovadoras y los recursos que tenían disponibles, mientras se tiene de frente una realidad opuesta: si no explotan el talento de algún deportista antes de los 22 o 23, el sistema los descarta.
Es un hecho que el promedio sube porque los que llegan a lo más alto resisten más, y no precisamente porque el camino se haya vuelto más generoso para todos.
¿Existe hoy en día en México un sistema capaz de producir atletas en masa? No. Está la CONADE, el Centro Nacional de Alto Rendimiento, la Olimpiada Nacional como semillero y algunos programas de detección de talento deportivo. Hay becas (buenas, malas, deficientes, o leoninas, pero las hay), hay instalaciones (buenas, malas, regulares, con lo mínimo indispensable, pero las hay), hay esfuerzos serios (itinerantes, pero los hay).
Sin embargo, lo que debería existir es un sistema de producción de talento deportivo comparable al de Estados Unidos, China o ciertas potencias europeas.
¿Bajo qué condiciones se crean los atletas mexicanos? En una mezcla de resiliencia, pasión y precariedad. Muchos llegan lejos a pesar del sistema, no gracias a él. En el fútbol, las fuerzas básicas de los clubes funcionan con relativa eficiencia, esto por años de inversión, no por métodos replicables o fórmulas comprobadas.
En deportes individuales y de motor, la historia suele ser otra muy distinta, tan única como las posibilidades de cada familia lo permitan: familias que se endeudan, patrocinadores que aparecen y desaparecen, y una constante lucha por no quedarse a medias. La ciencia del entrenamiento, la nutrición avanzada, la biomecánica de precisión y el seguimiento psicológico de largo plazo siguen siendo privilegio de pocos.
El deporte de alto rendimiento siempre fue exigente y lo seguirá siendo. Lo nuevo es la velocidad con la que consume a sus protagonistas y la impunidad con la que se permite olvidarlos, así como los limitados cuidados que se inculcan en la salud mental.
Quizá el verdadero desafío no sea solo producir más medallas o más victorias, sino construir un ecosistema donde una carrera de diez o doce años no se sienta como un milagro, y donde un atleta de 22 años todavía tenga derecho a soñar con un mañana y no necesariamente vea una carrera finalizada.
Porque si el deporte deja de ser humano, lo que quedaría ya no es deporte. Es solo contenido.
Te leo
Por: Diego “ALMANAQUE”
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