Los ejércitos del mundo ocultan su huella de carbono

En el centro de la política climática mundial hay una laguna jurídica, y no es casualidad.
El Protocolo de Kioto de las Naciones Unidas excluyó las emisiones militares de los informes nacionales en 1997. Desde entonces, todas las cumbres sobre el clima han hecho la vista gorda. Incluso el Acuerdo de París, celebrado como un punto de inflexión, dejó la notificación de las emisiones militares como una medida voluntaria. Es decir, opcional. Lo que es lo mismo: ignorada por la mayoría.
Estados Unidos, China y Rusia (los países con mayor gasto militar del mundo) no presentan nada o casi nada a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). La mayoría de los ejércitos declaran menos del 10% de su huella de carbono.
El valor del silencio
Ese silencio es medible. Los primeros 14 días de la guerra de 2026 de Estados Unidos e Israel contra Irán: 5 millones de toneladas de CO₂. Los ataques a Gaza de Israel: 33,2 millones de toneladas equivalentes de CO₂ en enero de 2025, incluida la reconstrucción. La invasión rusa de Ucrania: 230 millones de toneladas en tres años, el equivalente a las emisiones anuales combinadas de Austria, Hungría, la República Checa y Eslovaquia.
No están obligados a contabilizarlo ni a informar al respecto.
Se calcula que los ejércitos son responsables del 5.5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, sin contar las emisiones de la propia lucha bélica. Cada dólar gastado en defensa produce más del doble de emisiones que un dólar gastado en cualquier otro sector de la economía, y el gasto militar mundial alcanzará los 2.7 billones de dólares en 2024. Si se mantienen las tendencias actuales, alcanzará los 6.6 billones de dólares en 2035.
Algunos argumentan que exigir a los ejércitos que informen sobre las emisiones amenazaría la seguridad operativa, ya que los datos sobre combustible y logística podrían revelar información sensible. Pero la información no tiene por qué ser en tiempo real ni detallada desde el punto de vista operativo. Los informes anuales agregados y verificados de forma independiente ya funcionan: las misiones de mantenimiento de la paz de la ONU informan de sus emisiones y las han reducido gracias a ello.
El CO₂ no declarado no se puede rastrear, reducir ni compensar
Los conflictos que escapan al escrutinio climático ocultan su verdadero costo a las personas a las que se pide que cambien sus vidas y sus economías, mientras que los militares siguen estando exentos. Las promesas de cero emisiones netas no significan nada si el mayor emisor, que no rinde cuentas, nunca aparece en los datos.
Esa exclusión tiene textura. Son columnas de humo en Fujairah, visibles desde el espacio. Es la lluvia negra que cayó sobre Teherán en marzo (densa, maloliente, oscura) tras el bombardeo de los depósitos de petróleo. Son los agricultores de Yemen que ya no pueden permitirse bombear agua para sus cultivos. Es la foca monje del Mediterráneo, en peligro crítico de extinción, registrada frente a las costas de Gaza por primera vez en la historia, que apareció como signo de recuperación y luego desapareció cuando Israel destruyó las depuradoras que habían limpiado el agua.
Se trata de Ali (el nombre real ha sido cambiado), un científico climático iraní que, tras compartir su análisis de los efectos atmosféricos de los bombardeos, prometió dar más detalles tras estudiar los datos de los satélites. «Si sobrevivo, lo haré», concluyó en su último correo electrónico a WIRED Middle East.
Artículo originalmente publicado en WIRED Middle East. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.
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Esta información pertenece a su autor original y fue recopilada del sitio https://es.wired.com/articulos/los-ejercitos-del-mundo-ocultan-su-huella-de-carbono




