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China quiso frenar el avance del desierto con árboles. Cuatro décadas después, el agua se convertió en el gran problema

En 1978, China puso en marcha una de las obras de ingeniería ambiental más ambiciosas de la historia moderna: sembrar miles de millones de árboles a lo largo de miles de kilómetros para contener el avance del desierto de Gobi. Casi cinco décadas más tarde, el megaproyecto conocido como los «Tres Nortes» enfrenta una paradoja demoledora: en ecosistemas áridos y semiáridos, la reforestación intensiva terminó por desplomar la recarga de los acuíferos y hundir los mantos freáticos.

La trampa hidrológica. Aunque sembrar árboles suele percibirse como una solución ecológica incuestionable, la hidrología responde a otra lógica. Cuando el clima es seco, la masa vegetal funciona como un extractor ininterrumpido de agua. En regiones como la meseta de Loess, donde las lluvias apenas alcanzan los 400 milímetros al año, la vegetación introducida consume volúmenes de agua que igualan o rebasan por completo la capacidad de recarga natural de la cuenca.

El resultado a largo plazo roza la inviabilidad hídrica. Las investigaciones dentro de las zonas restauradas por el programa confirman que la cobertura forestal frena de manera drástica la filtración de agua a capas profundas si se compara con el suelo despejado; un impacto que se vuelve crítico durante las temporadas de sequía prolongada.

La perspectiva satelital. Como explican en Science Direct, monitoreo desde el espacio ha sido clave para dimensionar esta transformación. Cuarenta años de registros demuestran un repunte notable en la biomasa y el verdor del paisaje, pero esa estampa verde llegó a costa de fracturar el ciclo hidrológico de la región.

La proliferación de bosques disparó las tasas de evapotranspiración en extensas zonas. Al haber mayor demanda de vapor hacia la atmósfera, la humedad en la zona de las raíces se agota con rapidez, provocando una caída sostenida en las reservas de agua almacenadas en el subsuelo.

El error de las especies. Buena parte del conflicto radica en las variedades elegidas a lo largo de las décadas. El pino mongol, introducido masivamente, muestra una correlación directa con la caída sostenida del nivel freático. Lo mismo ocurre con arbustos utilizados para anclar dunas, como el Salix psammophila: estudios recientes demuestran que deprimen la capa freática, bloquean la recarga de mantos subterráneos y reducen la infiltración del agua de lluvia.

Los análisis globales sobre cuencas secas confirman la magnitud del fenómeno: reforestar en zonas áridas puede hacer descender los niveles freáticos entre 0.5 y 3 metros, comprometiendo de raíz la reposición natural del agua subterránea. En los Tres Nortes, la densidad y la arquitectura misma de las plantaciones han sido determinantes en este agotamiento.

Una crisis con múltiples frentes. Los árboles no son los únicos responsables del déficit hídrico que golpea al norte de China; se trata más bien de un estrés crónico donde confluyen el cambio climático y la actividad humana. Las mediciones satelitales revelan una pérdida constante de reservas subterráneas en todo el país.

En cuencas estratégicas como la del río Haihe, los depósitos subterráneos descendieron a un ritmo promedio de 1.88 centímetros por año entre 2003 y 2020, con el riego agrícola como principal causante. Hacia 2024, las cifras confirman una tendencia a la baja cercana a los 2 milímetros anuales, concentrándose con especial dureza en las regiones áridas del noreste y en la gran llanura del norte chino.

El giro de timón. Respaldadas por datos científicos contundentes y balances de costo-beneficio poco favorables, las autoridades a cargo de los Tres Nortes comenzaron a replantear el proyecto hacia una restauración ecológica que realmente respete las condiciones climáticas del territorio.

El nuevo enfoque busca dejar atrás los monocultivos forestales de alto consumo de agua para dar paso a pastizales, matorrales y especies autóctonas. La meta es clara: retener el suelo y frenar la arena sin secar los mantos acuíferos que, en teoría, estos mismos bosques debían salvaguardar.

Imágenes | Pexels

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