El dilema del ingenuo: el costo de ser demasiado cauteloso en un mundo lleno de estafas

Qué le haría sentir peor: ¿perder 100 dólares a manos de un carterista en una calle concurrida o donar 100 dólares a una organización benéfica, solo para descubrir después que se trataba de una estafa? Para muchas personas, es lo segundo. Ser engañado por alguien en quien uno decidió confiar resulta especialmente indignante.
Que lo engañen a uno desencadena emociones intensas y no solo ira. Los investigadores que estudian los delitos cibernéticos han documentado una serie de efectos sobre la salud mental y física de las víctimas de estafas. Pero, aunque está claro que conviene ser escéptico —especialmente ahora que las estafas en línea proliferan y se vuelven cada vez más sofisticadas—, las investigaciones sugieren que ser demasiado cauteloso también tiene un precio. Cuando el miedo a ser engañado se vuelve demasiado grande, altera la toma de decisiones y el comportamiento de las personas de formas potencialmente perjudiciales, con implicaciones que no se valoran lo suficiente para la ley, las políticas públicas y la sociedad en su conjunto.
“Es un dilema muy básico al que la gente se enfrenta continuamente”, afirma Carsten De Dreu, científico conductual de la Universidad de Groninga, en Países Bajos. Cuando confías en alguien y esa persona te corresponde, ambos salen ganando, explica De Dreu. Pero cuando la gente tiene un miedo excesivo a que la engañen, “puede que no dé un paso adelante, que no empiece a cooperar y, por lo tanto, todo este ciclo positivo de reciprocidad y beneficio mutuo no pueda desarrollarse”.
El bobo en el espejo
Sentirse engañado no es solo consecuencia de estafas en las que se pierde dinero. Las experiencias cotidianas pueden provocar las mismas emociones. Puede que lo sienta en su trayecto diario al trabajo después de pisar el freno para dejar que algún idiota se le cuele por delante. O después de hacer la parte más difícil de un proyecto de trabajo y que sus compañeros holgazanes se lleven el mismo crédito.
Hay una razón para esa irritación adicional. “La diferencia entre ser engañado y otras formas de explotación es que, cuando las personas se sienten engañadas, ven una parte de sí mismas en lo ocurrido”, afirma Kathleen Vohs, psicóloga social de la Universidad de Minnesota. “Consideran que sus propios comportamientos son, en cierta medida, cómplices de lo que les ha sucedido”.
Incluso en el contexto relativamente poco arriesgado de un experimento psicológico, que le tomen el pelo realmente enfurece a la gente. Durante muchas décadas, los psicólogos sociales y los economistas conductuales han estado investigando los mecanismos de la cooperación humana mediante juegos de confianza. En una situación típica, las personas pueden elegir entre cooperar con un grupo de otros participantes para repartirse equitativamente una recompensa monetaria o traicionar al grupo. Quienes traicionan reciben más dinero para sí mismos, pero reducen la recompensa para el grupo —convirtiéndolos, en la práctica, en los engañados—. En un estudio pionero, publicado en 1977, los investigadores se quedaron sorprendidos por la intensidad con la que reaccionaron algunos sujetos. No era raro “que la gente quisiera salir del edificio experimental por la puerta trasera, [o] que afirmara que no deseaba ver a los ‘hijos de puta’ que los habían traicionado”, escribieron.
Estos estudios también sugieren que la perspectiva de salir perjudicado reduce la disposición de las personas a cooperar. En uno de los primeros estudios que investigó este “efecto del ingenuo”, los investigadores pidieron a los participantes que apretaran rápidamente dos bolas de goma, como las que se utilizan para inflar los manguitos del tensiómetro, conectadas a una misteriosa caja etiquetada como FLOWMETER. A los participantes se les dijo que podían ganar dinero en función de la cantidad de aire que ellos y un compañero invisible bombeasen en un periodo de 30 segundos. Los sujetos a los que se les había hecho creer que su compañero era menos capaz de realizar esta tarea bombeaban con vigor, aparentemente dispuestos a compensar. Sin embargo, aquellos que creían tener un compañero capaz pero perezoso se relajaban, renunciando así a una ganancia económica para evitar sentirse engañados.
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