La brecha del talento – El Heraldo de México

En los últimos cinco años, más de un millón de mexicanos emigraron del país, casi medio millón más que en el periodo anterior, según datos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica del INEGI. Una cuarta parte de ellos tenía estudios superiores. Si se mira en una ventana más amplia, el Conacyt estima que en las últimas tres décadas cerca de 1.2 millones de personas con educación superior han dejado México en busca de mejores oportunidades.
Hoy, los mexicanos son el cuarto grupo más numeroso de inmigrantes con formación universitaria en Estados Unidos, solo detrás de India, China y Filipinas. Ese dato debería incomodarnos un poco más de lo que lo hace. La brecha salarial y de oportunidades entre México y Estados Unidos en puestos tecnológicos sigue siendo uno de los factores que más pesa en esa decisión, de acuerdo con especialistas en migración laboral.
Ese músculo migratorio de México ya es una historia conocida en el debate público. Lo que quiero señalar aquí es una variante más reciente del fenómeno, que tiene menos que ver con maletas y más con clics. Mientras el país sigue perdiendo talento físico rumbo al norte, otro país, a más de nueve mil kilómetros de distancia, ha encontrado la manera de quedarse con una porción de ese talento sin que nadie tenga que mudarse.
Estonia, una nación de apenas 1.3 millones de habitantes, lanzó en 2014 un programa llamado e-Residency: una identidad digital que permite a cualquier persona en el mundo crear y operar una empresa europea de forma completamente remota. Hoy tiene más de 126 mil e-residentes de 185 países. Cerca de 500 son mexicanos, y entre todos han fundado 140 empresas que hoy facturan en euros, dentro del mercado único más grande del planeta, sin que ninguno de ellos haya tenido que dejar su casa, su familia o su ciudad.
Deténgase un momento en esa cifra. Quinientas personas no van a cambiar la balanza comercial de México. Pero la lógica detrás de ese número sí debería cambiar la forma de pensar el problema. La estrategia de Estonia para captar ese talento ha sido infraestructura digital: trámites que toman un día, firma electrónica con validez legal, acceso bancario y fiscal simplificado.
Le ha bastado construir una puerta de entrada eficiente para quedarse con una fracción del talento emprendedor mexicano sin moverlo ni un centímetro de su lugar de origen. Si un país del tamaño de Jalisco puede lograr eso a distancia, vale la pena preguntarse qué le impide a México, con toda su cercanía geográfica, cultural y comercial con Estados Unidos, construir el equivalente de esa puerta para retener a su propio talento. Esa eficiencia burocrática depende de decidir que la simplicidad regulatoria es una ventaja competitiva tan real como cualquier tratado comercial.
Aquí conviene ser justos con la otra mitad de la historia, porque también hay señales positivas. La Ciudad de México superó recientemente a São Paulo como el principal centro de talento tecnológico de América Latina, de acuerdo con el reporte Scoring Tech Talent de CBRE, gracias al volumen de sus egresados, sus costos laborales competitivos y un ecosistema cada vez más maduro.
Google eligió a México para instalar su primer Centro de Excelencia en Ingeniería, con planes de contratar a más de un centenar de especialistas locales. Monterrey, por su parte, incrementó su fuerza laboral tecnológica en 125% en cinco años. Cada año, eventos como Talent Land reúnen en Guadalajara a más de 30 mil asistentes alrededor de inteligencia artificial, cómputo cuántico, ciberseguridad y ciudades inteligentes, prueba de que el ecosistema tecnológico mexicano ya tiene tamaño y apetito. Estas señales son evidencia de que, cuando existen las condiciones correctas, el talento mexicano se queda y atrae inversión de las compañías más grandes del mundo.
El problema es que esas condiciones todavía son escasas. México tiene, según estimaciones del sector, más de 40 mil vacantes tecnológicas sin cubrir; el reto está en la brecha entre las habilidades que forma el sistema educativo y las que exige la industria. Vale la pena traer aquí una reflexión que un directivo de la industria compartió hace poco, casi de pasada, en una entrevista: hace años México tuvo una oportunidad de posicionarse como el gran proveedor de desarrollo tecnológico para Estados Unidos, similar a la que vive hoy. Esa oportunidad terminó siendo aprovechada por India.
India entendió que ingenieros baratos y cercanos no eran suficientes: construyó universidades técnicas de clase mundial, políticas de exportación de servicios de software y una narrativa de país que se vendía a sí mismo como socio tecnológico. Tres décadas después, India es sinónimo global de servicios de TI. Universidades técnicas indias como el Indian Institute of Technology se convirtieron en referencia global, y la exportación de servicios de software llegó a representar una parte considerable de las exportaciones totales de servicios del país.
México, con ventajas comparables —o mejores, dada la cercanía y el huso horario compartido con Estados Unidos— sigue discutiendo si el problema es cultural, educativo o de infraestructura, cuando probablemente sean los tres a la vez.
Algo de este cambio de conversación ya está sucediendo dentro de México, aunque todavía a menor escala. La Secretaría de Economía lanzó este año InnovaFest, una estrategia con sede itinerante —Monterrey, Querétaro, Guadalajara, Mérida y Morelos— para conectar talento, inversión, academia y gobierno alrededor de la invención de tecnología propia.
En su edición anterior, la participación pasó de menos de 200 personas hace algunos años a 3,700 en 2025, y el número de patentes presentadas por sus participantes creció más de 30%, de acuerdo con datos del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial. La meta para 2026 es multiplicar esa cifra de participantes por cinco. Son números todavía modestos frente al tamaño de la economía mexicana, pero apuntan en una dirección clara: tratar la innovación como política pública deliberada, con presupuesto y continuidad sostenida a través de varios sexenios.
Septiembre es el mes en que México celebra su identidad con banderas, colores y desfiles. Existe también una forma de orgullo nacional que se expresa distinto: construir las condiciones para que un ingeniero de veintiséis años en Mérida, un desarrollador en Tijuana o una científica de datos en Puebla puedan ejercer su talento con dignidad sin tener que cruzar una frontera para lograrlo.
Ese tipo de patriotismo se construye en política pública, en incentivos fiscales para retener startups, en programas de vinculación entre universidades e industria, en trámites rápidos y simples. Estonia demostró que el tamaño del país es secundario frente a la decisión de construir esa infraestructura primero; el resto del mundo sigue perfeccionando la manera de quedarse, a distancia, con lo mejor de lo que México continúa formando.
La conversación pública sobre migración de talento suele quedarse en el lamento o en el orgullo selectivo: celebramos al mexicano que triunfa en Silicon Valley, y rara vez nos preguntamos qué tuvo que faltar aquí para que lo lograra. Quizás la pregunta que valga la pena hacernos este mes patrio sea qué estamos dispuestos a construir para que la próxima generación de talento tecnológico pueda ejercer su vocación sin tener que elegir entre eso y su amor por el país. Todavía estamos a tiempo de escribir una historia distinta a la de las últimas tres décadas.
MMV
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