Teodoro González de León fue homenajeado por los 100 años de su nacimiento, en el MUAC
El Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) no comenzó a construirse cuando apareció el primer trazo sobre el terreno, porque su historia empezó años antes, en una conversación sobre el lugar que debía ocupar el arte contemporáneo dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), historia con la que comenzó el homenaje a los 100 años del nacimiento del arquitecto Teodoro González de León (29 de mayo de 1926 – 16 de septiembre de 2016) como parte del Festival Cultura UNAM.
En el MUAC, recinto que el arquitecto diseñó, Tatiana Cuevas, Juan Ramón de la Fuente y Felipe Leal recorrieron aquel proceso desde distintos momentos, como las primeras conversaciones, la elección del arquitecto, las discusiones entre arquitectura y museología, las dificultades para conseguir recursos y, finalmente, la relación que González de León volvió a establecer con la Universidad.
“No hay que perder de vista que todos los proyectos tienen una agenda, tienen un origen que a veces conviene recordarlo, precisamente, para entender cómo se puede lograr un proyecto de esta naturaleza. Y este proyecto empezó justamente hace 25 años, un 21 de septiembre, pero de 2001”, recordó De la Fuente.
Ese día, Teodoro González de León recibió el doctorado Honoris Causa de la UNAM, reconocimiento que compartió con científicos, escritores y otros integrantes de la comunidad universitaria. Después de recibirlo, habló sobre su manera de entender el arte y sobre la responsabilidad de una universidad de mantener una presencia de vanguardia en su difusión.
De la Fuente recordó que, en aquel momento, su propio conocimiento del arte llegaba hasta el pop art de Andy Warhol; sin embargo, la conversación con Teodoro abrió la posibilidad de pensar el arte no solamente como objeto, sino también como concepto, y entender que una universidad debía mantener espacios para esa discusión.
Un año después, en 2002, llegó otra ocasión para hablar de Ciudad Universitaria. Se conmemoraban 50 años de su creación y González de León, que había sido estudiante y había trabajado con Mario Pani, participó en las actividades.
De la Fuente le pidió que revisara el Centro Cultural Universitario. Teodoro recorrió el conjunto y fue crítico con lo que encontró. Lo hizo, recordó el exrector, con elegancia, pero lanzando una fuerte pregunta, si el Centro Cultural ya tenía espacios para la música, la danza, el cine y el teatro, ¿por qué no había un recinto con una vocación específica para las artes visuales?
La pregunta coincidió con una demanda que ya existía dentro de la comunidad universitaria. El Museo Universitario de Ciencias y Artes no tenía las condiciones para asumir el proyecto que se buscaba. Así comenzó a tomar forma la idea de construir un nuevo museo de arte contemporáneo.
LA ELECCIÓN DE TEODORO GONZÁLEZ DE LEÓN
Para finales de 2003, Gerardo Estrada y Graciela de la Torre se incorporaron al equipo. Felipe Leal estaba al frente de la coordinación de proyectos especiales y desde ahí participó en la construcción de una agenda que no se limitaba al museo.
La Universidad tenía entonces otras necesidades de infraestructura. Había demandas acumuladas de laboratorios, aulas y espacios para la enseñanza, tanto en Ciudad Universitaria como en otros puntos. Al mismo tiempo, se buscaba recuperar parte de la relación de la comunidad con la institución y mostrar hacia afuera la capacidad de la Universidad para emprender nuevos proyectos.
En ese contexto, surgió la pregunta de quién debía diseñar el nuevo museo, por lo que Leal recordó que cuando Gerardo Estrada llegó a su oficina para preguntarle qué hacer, la respuesta fue que no debía existir un concurso. Teodoro González de León conocía museos de distintas partes del mundo, tenía una relación cercana con la arquitectura contemporánea y con las artes visuales y, además, su propia historia estaba ligada a Ciudad Universitaria.
González de León había formado parte, junto con Enrique del Moral y Armando Franco, del equipo ganador del concurso para el proyecto de Ciudad Universitaria. Décadas después, regresaba al mismo territorio para levantar un edificio distinto.
Así, Graciela de la Torre encabezó el trabajo museológico y González de León el arquitectónico. Eran dos equipos con necesidades distintas y, en algunos momentos, las especificaciones de uno chocaban con las decisiones del otro.
Había discusiones sobre los niveles de iluminación, los materiales, las dimensiones de las salas y la manera en que el edificio debía responder a las obras que albergaría. El museo no podía pensarse como una simple sucesión de galerías, también debía tener espacios para almacenamiento, investigación, producción y tránsito de piezas.
La colección que acompañaría al recinto también comenzó a tomar forma. La intención era construir un relato del arte en México desde 1952, año de la creación de Ciudad Universitaria, hasta el presente. Con el tiempo, esa colección superó las 2 mil 300 piezas y se sumó un componente documental.
Mientras el proyecto avanzaba, González de León también cuestionaba la manera en que estaba organizado el Centro Cultural Universitario. Para él, el acceso daba demasiada importancia a los automóviles y no a las personas. La discusión llevó a replantear circuitos, recorridos peatonales y accesos.
UN MUSEO PENSADO PARA EL ARTE CONTEMPORÁNEO
El edificio comenzó a tomar sus propias decisiones y las salas fueron pensadas con alturas distintas, de seis, nueve y hasta 12 metros. Había que considerar el movimiento de instalaciones, la iluminación y la posibilidad de que los artistas trabajaran directamente sobre los espacios. Los pisos de madera y las superficies delicadas de otros museos no respondían a las necesidades del arte contemporáneo.
También estaba la relación del edificio con el exterior. El acceso se planteó desde la plaza, en dirección a la entrada del museo, con un recorrido que conectaba el espacio público con el edificio. El estacionamiento quedó bajo tierra y el proyecto incorporó la piedra volcánica del Pedregal como parte de su relación con el lugar. Cada una de esas decisiones tenía consecuencias en el presupuesto.
Los primeros cálculos fueron difíciles de asumir y hubo que buscar distintas formas de financiamiento. Participaron el Patronato Universitario, Fundación UNAM y otros apoyos. Algunas economías de la propia Universidad sirvieron como capital inicial y, posteriormente, se sumaron recursos para equipar el recinto.
El proyecto también modificó la relación de González de León con la institución en la que había estudiado. “Él tenía una herida con la UNAM, pero se subsanó, primero, con el Doctor Honoris Causa que recibió y, después, con la construcción de este recinto”, argumentó Felipe Leal.
La construcción fue también una forma de acercamiento. González de León regresaba a Ciudad Universitaria para trabajar en un edificio que debía convivir con una arquitectura que conocía desde décadas atrás, pero que ahora encontraba transformada.
De la Fuente recordó especialmente las visitas durante la obra. No se trataba solamente de revisar avances. Teodoro caminaba por el edificio y hacía que quienes lo acompañaban miraran de otra manera.
“Caminar con Teodoro por la construcción era también una gran experiencia, que creo que vale la pena dedicarle dos, tres minutos. Sobre todo para alguien que no es arquitecto, yo tengo dos hijos arquitectos, pero yo no.
“Caminar en la construcción con Teodoro era muy interesante porque te hacía ver, y esto de la luz sí, lo recuerdo, qué bueno que lo comentas, lo mencionaba sistemáticamente y decía, ‘mira, ven, vente acá, vente de este lado y ve desde acá cómo tienes la perspectiva y ahora sí nos vamos a este otro lado, fíjate cómo cambia, pero en todos lados hay luz y aquí se van a proyectar estas sombras de tal cosa y esto en la tarde’”, compartió De la Fuente.
“ESTOY CONSTRUYENDO CON LUZ”
La luz ocupaba un lugar particular en esa explicación. No era únicamente una condición para iluminar las salas. González de León hablaba de ella como parte de la propia construcción.
“Él quedó totalmente resuelto, no le veía ningún pero, o sea, quedó fascinado y dijo algo muy padre, lo recuerdo bien, es que estoy construyendo con luz, estoy corriendo con luz, pero no con luz para que ilumine, sino con luz como materia, estoy construyendo con luz y le brillaban los ojos. Se ponía a caminar con nosotros”, dijo Leal.
El museo fue avanzando entre esas conversaciones y las discusiones sobre lo que debía ser un espacio para el arte contemporáneo. También hubo críticas desde distintos sectores y desacuerdos sobre el proyecto, su relación con el entorno y los límites de la reserva ecológica, pero con el tiempo, el edificio terminó integrado al conjunto del Centro Cultural Universitario.
De la Fuente recordó que la última visita que hizo como rector ocurrió pocos días antes de concluir su periodo. El edificio todavía tenía algunos detalles pendientes y decidió esperar para hacer la inauguración formal.
“Teodoro estaba muy contento. La última visita que hice yo como rector, fue dos o tres días antes de terminar. Fue realmente fantástica, le faltaban unos cuantos detalles y yo decidí, creo que fue una buena decisión, no inaugurarlo formalmente porque faltaban algunas cosas, inauguró tres meses después.
“Pero esta fue, digamos, un encuentro de Teodoro con buena parte de la comunidad universitaria, con quienes le habían ayudado, con quienes nos habían apoyado económicamente, con algunos de los críticos que habíamos enfrentado en el camino, con medios de comunicación y yo me quedo con la enorme satisfacción de haber visto ese día a un Teodoro González de León realizado, contento, orgulloso, como arquitecto, como artista, como universitario, plenamente realizado”, afirmó.
La inauguración llegó tres meses después. Para entonces, el edificio que había provocado discusiones durante años ya podía recorrerse como museo y para De la Fuente, la satisfacción de González de León estaba ligada a algo más que la conclusión de una obra.
“Teodoro fue un gran arquitecto, hizo muchas cosas, pero yo creo que por la época en la que le tocó hacer este museo y por lo que significó para él su reencuentro 50 años después con su universidad, con su Ciudad Universitaria, con los cambios que había tenido, con lo que él había contribuido, él antes, el después, le generaron a él una gran satisfacción y un gran orgullo como universitario”, finalizó.
Fotos: José Pablo Espíndola
MAAZ
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