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Unos conejos fueron abandonados en una isla en 1865. 127 años de aislamiento cambiaron su apariencia

Un conejo de pelaje gris plateado corre entre la vegetación de una isla fría y ventosa en el extremo sur del planeta: no hay granjas, casas ni personas alrededor; solo él y una población que lleva generaciones viviendo en ese lugar. Sus antepasados llegaron hasta allí en 1865 porque alguien tuvo una idea que, en aquel momento, parecía bastante práctica: dejar conejos en la isla para que pudieran servir de alimento si algún barco naufragaba. 

Lo que nadie podía prever era lo que ocurriría después. Aquellos animales pasarían 127 años separados de otras poblaciones de conejos y, cuando los humanos regresaron, ya tenían características propias. El problema era que también se habían convertido en una especie introducida que estaba dañando el ecosistema, así que hubo que tomar una decisión bastante extraña: eliminar a los conejos de la isla, pero salvar antes a algunos de ellos.

Sin quererlo, los humanos crearon un experimento evolutivo

La isla se llama Enderby Island y forma parte del archipiélago de Auckland, un conjunto de islas subantárticas pertenecientes a Nueva Zelanda. En 1865, los humanos introdujeron allí conejos junto con otros animales con una intención muy concreta: que pudieran reproducirse y convertirse en una fuente de alimento para posibles náufragos. 

En aquella época, dejar animales en islas remotas podía parecer una buena idea. Si algún barco tenía problemas y sus pasajeros quedaban varados, encontrar animales que pudieran cazar podía marcar la diferencia. De hecho, un registro histórico de ese año señala que los conejos fueron colocados allí precisamente para aumentar su número y servir como alimento en caso de naufragio

Pero había un detalle que probablemente nadie contempló demasiado: una isla no es simplemente un terreno vacío al que podemos llevar cualquier especie. Los conejos entraron en un ecosistema donde no pertenecían originalmente y, además, quedaron separados de otras poblaciones de su especie. Sin que nadie lo planeara, acababa de empezar una especie de experimento evolutivo natural.

127 años de aislamiento cambiaron a aquellos conejos

Durante generaciones, los conejos de Enderby vivieron sin mezclarse con otras poblaciones. Eso significa que dejaron de intercambiar genes con ellas y, con el paso del tiempo, algunas características empezaron a hacerse más comunes dentro del grupo. 

La selección natural y la deriva genética pudieron actuar generación tras generación. En términos sencillos, algunas variaciones tenían más posibilidades de permanecer y otras podían desaparecer, ya fuera por las condiciones del entorno o simplemente por azar, y en una población pequeña, esos cambios pueden acumularse sin que entren nuevos individuos a mezclarlos. 

El resultado terminó siendo bastante visible. Los conejos desarrollaron un pelaje gris plateado característico, acompañado por un subpelo de tono gris azulado. También presentaban características que permitían diferenciarlos de otras poblaciones de conejos domésticos. 

Eso no significa que en 127 años hubiera aparecido una especie completamente nueva. Es una distinción importante: lo que surgió fue una población diferenciada que, después de muchas generaciones aislada, terminó adquiriendo características propias.

Y las diferencias no se limitaban al aspecto. Estudios sobre los mamíferos introducidos en las islas Auckland encontraron que los conejos de Enderby tenían una temporada reproductiva más corta y camadas más pequeñas que poblaciones de conejos de Nueva Zelanda continental.

Dicho de otra forma, aquella isla no solo terminó produciendo un conejo de aspecto particular. También había cambiado parte de la forma en que aquella población se reproducía y sobrevivía. 

Especies Conejos

Pero había un problema: los conejos no debían estar ahí

La misma situación que permitió que los animales se diferenciaran terminó convirtiéndolos en un problema. Los conejos podían reproducirse sin los controles habituales de una población doméstica y consumir una gran cantidad de vegetación. Sus madrigueras también podían alterar el terreno y afectar a otras especies. 

Para los humanos de 1865, tener conejos disponibles podía ser una ventaja. Para los conservacionistas de más de un siglo después, eran otra cosa: una especie introducida que estaba alterando un ecosistema que no había evolucionado con ellos. 

Nueva Zelanda comenzó entonces a recuperar Enderby Island y a retirar las especies que no formaban parte originalmente de su ecosistema. Y fue justo ahí cuando apareció una contradicción bastante difícil de resolver.

Querían eliminar a los conejos, pero primero tuvieron que salvarlos

Si los conejos estaban causando problemas ecológicos, la solución más lógica era eliminarlos. Pero había algo que tampoco podía perderse de vista: después de más de un siglo separados del resto, aquella población ya era única.

Si desaparecían todos los ejemplares de Enderby Island, también desaparecería la población que había pasado generaciones desarrollándose en ese ambiente. Así que en 1992 se puso en marcha una operación para capturar algunos animales y conservarlos fuera de la isla.

El esfuerzo permitió sacar 49 conejos. Un año después, en 1993, los animales que permanecían en Enderby Island fueron erradicados y la isla pudo comenzar un proceso de restauración sin ellos. 

Aquí está la contradicción más interesante de toda la historia: para conservar el ecosistema había que eliminar a los conejos; para conservar a los conejos había que sacarlos del ecosistema. 

Dejar Conejos
Dejar Conejos

De una isla subantártica a una raza extremadamente rara

Los ejemplares rescatados se convirtieron en la base para conservar lo que hoy se conoce como Enderby Island rabbit. Su historia es bastante distinta a la de una raza doméstica creada mediante selección intencional, porque en este caso las diferencias surgieron durante décadas de permanencia en una isla remota. 

Después de ser retirados de Enderby Island, algunos criadores y organizaciones de conservación continuaron manteniendo la población. El objetivo ya no era que los animales regresaran a la isla, sino evitar que desapareciera aquello que se había desarrollado allí de manera involuntaria. 

Actualmente, se considera una raza extremadamente rara en Nueva Zelanda. Y eso deja una paradoja difícil de ignorar: conservar una población no siempre significa conservarla en el mismo lugar donde apareció. Enderby necesitaba recuperar su ecosistema. Los conejos, en cambio, necesitaban sobrevivir lejos de él. 

México también tiene sus propios laboratorios naturales

La historia de Enderby no depende únicamente de los conejos. Lo que realmente permitió que aquella población cambiara fue una característica que comparten muchas islas: el aislamiento. 

Y aquí aparece una conexión que también nos toca de cerca. México tiene sus propios laboratorios naturales en las islas del Golfo de California y del Pacífico, donde existen especies y poblaciones que evolucionaron separadas del continente durante miles o incluso millones de años. 

Ese aislamiento puede producir algo extraordinario: animales y plantas que no existen en ningún otro lugar, pero también tiene un lado vulnerable. Cuando los humanos introducen una especie que nunca había formado parte de ese ecosistema, las consecuencias pueden ser mucho mayores que en tierra continental. 

Un depredador, un herbívoro o incluso una enfermedad pueden encontrarse con especies que nunca evolucionaron para enfrentarlos. Por eso, en la conservación de las islas mexicanas, mantener fuera a las especies introducidas puede ser tan importante como proteger a las que ya viven ahí.

Isla Con Conejos
Isla Con Conejos

La isla necesitaba perder a sus conejos para recuperarse

Esta es quizá la parte más interesante de la historia. Los conejos no eran originalmente una amenaza creada por la naturaleza; fueron los humanos quienes los llevaron hasta allí y después, con el paso de las generaciones, aquella población se volvió lo bastante particular como para que ya no fuera posible tratarla simplemente como otra población de conejos domésticos. Finalmente, fueron nuevamente los humanos quienes decidieron que los animales no debían permanecer en la isla.

No hubo una decisión sencilla de «proteger» o «eliminar». Había dos objetivos distintos: restaurar el ecosistema de Enderby Island y evitar que desapareciera una población que se había vuelto única. La solución fue mantener ambas cosas separadas.

Los conejos desaparecieron de la isla, pero no de la historia. Algunos sobrevivieron fuera de ella y se convirtieron en una población que hoy es mucho más rara que cuando sus antepasados llegaron por primera vez.

La evolución también puede ocurrir sin que nadie la esté mirando

La historia de Enderby Island muestra que la evolución no necesita millones de años para producir diferencias visibles, aunque tampoco ocurre de la noche a la mañana. 

Una población que permanece separada del resto puede cambiar generación tras generación hasta ser claramente distinta de aquella que llegó originalmente. En este caso, además, todo comenzó con una decisión humana bastante simple: dejar animales en una isla por si algún día alguien necesitaba comerlos.

Más de un siglo después, esa misma población se había convertido en algo que también necesitaba protección. Primero los humanos llevaron los conejos a Enderby para ayudar a salvar vidas; después tuvieron que eliminarlos para salvar la isla. Y, antes de hacerlo, tuvieron que salvar a algunos de ellos.

Imágenes | TearaWikimedia, Wikimedia, Rare Breeds

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