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Estados Unidos perdió un barco repleto de bombas frente a Londres. 82 años después, las 1,400 toneladas que quedan tienen un problema

A unos cuantos kilómetros de la costa este de Londres yace sumergido un arsenal capaz de desatar una catástrofe. En agosto de 1944, el carguero militar estadounidense SS Richard Montgomery encalló en el estuario del Támesis. Aunque los equipos de rescate lograron extraer parte de su cargamento antes del naufragio total, unas 1,400 toneladas netas de explosivos se quedaron dentro. Más de ocho décadas después, el casco metálico continúa deshaciéndose bajo el agua mientras las autoridades británicas se enfrentan a un dilema casi imposible: mover ese arsenal podría detonarlo, pero dejarlo ahí tampoco es una opción segura.

Una travesía truncada en la Segunda Guerra Mundial. El navío formaba parte de los más de 2,700 Liberty Ships fabricados en masa por Estados Unidos para abastecer las operaciones militares aliadas. En el verano de 1944 zarpó transportando cerca de 7,000 toneladas de municiones destinadas a Cherburgo, un puerto francés recién recuperado tras el desembarco de Normandía.

El carguero fondeó cerca de Sheerness a la espera de unirse a un convoy marítimo, pero el 20 de agosto su ancla cedió. La corriente lo empujó hacia un banco de arena donde quedó varado y su estructura comenzó a abrirse. Pese a los esfuerzos contrarreloj por vaciarlo, la nave se inundó con rapidez y los trabajos se suspendieron el 25 de septiembre. Prácticamente la mitad del armamento no pudo salir.

Un arsenal intacto entre las corrientes. Lo que quedó sumergido transformó aquel percance en un problema histórico que Reino Unido arrastra desde hace generaciones. Según el Washington Post, dentro de las bodegas de proa aún duermen 1,400 toneladas netas de explosivos de la Segunda Guerra Mundial, que abarcan bombas de hasta 2,000 libras, artefactos de fragmentación, dispositivos fumígenos cargados de fósforo blanco y múltiples cajas de espoletas.

Manipular artefactos con ocho décadas sumergidos en agua salada representa una pesadilla técnica que obligaría a desalojar comunidades costeras enteras. Por ello, el gobierno británico decidió durante años monitorear el naufragio a distancia y no intervenir a menos que el riesgo de no actuar empieza a resultar mayor.

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El deterioro inevitable del acero. El estuario no da tregua. Las inspecciones periódicas que realiza la Maritime and Coastguard Agency a través de sonares de alta resolución revelan que el lecho arenoso y las mareas desgastan la estructura sin pausa. Aunque oficialmente el conjunto se considera estable, en la operación de 2026 los especialistas hallaron placas de acero tan degradadas que se quebraban casi al mínimo contacto con las herramientas.

Ese desgaste no anticipa una explosión inmediata, pero confirma por qué las autoridades no puede limitarse a ignorar la embarcación, sobre todo por la ubicación en la que descansa: el pecio yace en aguas poco profundas muy cerca de transitadas rutas del mar del Norte por donde navegan a diario buques petroleros, gaseros, portacontenedores y cruceros.

El tráfico circundante ha estado cerca de provocar una tragedia: en 1980 dos buques mercantes estuvieron cerca de chocar con el pecio en un lapso de siete días, a lo que se suman varias intrusiones no autorizadas a lo largo de los años. Por esa razón el perímetro se mantenga bajo estricta exclusión náutica y vigilancia permanente.

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Una operación quirúrgica de 9.5 millones de libras. La inquietud más urgente se localizaba justo sobre las bodegas. Con la degradación paulatina de la nave, existía el peligro inminente de que sus tres mástiles colapsaran por su propio peso e impactaran directamente contra la cubierta donde se concentran los explosivos. Para evitarlo, el gobierno aprobó una partida de 9.5 millones de libras.

La intervención descartó cualquier técnica convencional que generara sacudidas. Los técnicos instalaron una estructura marina especial y recurrieron a métodos de corte de bajísima vibración. El objetivo era muy concreto: aligerar el peso general del barco y cortar de raíz la posibilidad de que un derrumbe transmitiera impactos a la carga inferior.

La paradoja de no tocar nada. Con los años han proliferado pronósticos alarmistas sobre las consecuencias de una detonación masiva; entre ellos destaca una antigua estimación de la década de 1970 que pronosticaba un tsunami de cinco metros y una gigantesca columna de agua. Los análisis técnicos modernos descartan ese catastrofismo y catalogan una explosión a gran escala como es un riesgo remoto, apoyándose en las evaluaciones oficiales donde el peligro mayor se concentra en una eventual desestabilización.

El dilema es contundente: dejar que el barco termine de pudrirse en el lecho marino involucra riesgos indudables, pero tocar 1,400 toneladas de bombas corroídas conlleva otro aún mayor. Ante este escenario, Reino Unido ha optado por el camino más pragmático: cortar los mástiles que amenazaban con desplomarse, monitorear la zona con radares día y noche, y dejar el cargamento exactamente donde ha estado desde 1944.

Imagen | Gill Edwards

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