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El manotazo presidencial y las grietas del poder en Sinaloa

La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum ante el intempestivo retorno del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, fue un ejercicio de autoridad política que amplios sectores celebraron. Más allá de las diferencias con su gobierno, el manotazo en la mesa fortaleció su investidura y exhibió control político. También evidenció fallas graves en los sistemas de inteligencia, que debieron alertar a la Mandataria sobre este intento de retomar el poder. De haber funcionado correctamente, se habría evitado un sainete que reveló inconsistencias y pugnas internas en el grupo gobernante.

La lógica del ex gobernador debe analizarse a partir de hechos que pudieron motivar su conducta. A principios de agosto, en una mañanera, la Presidenta afirmó que volver a la gubernatura sería decisión personal de Rocha Moya. Poco después se supo que el general Mérida ya no estaba encarcelado en Estados Unidos, lo que sugiere que se convirtió en testigo protegido; lo mismo se sospecha del exsecretario Enrique Alfonso Díaz Vega, cuyo paradero sigue inexplicablemente desconocido. A ello se sumó la detención de Fausto Corrales ayudante del exrector Héctor Meliesio Cuen y el grotesco episodio de su falsa muerte de en una gasolinera. Todo ello pudo llevar a Rocha a pensar que debía retomar el mando.

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