al «limpiar el camino» de nuestros hijos, fabricamos adultos que se quiebran a la primera

En los últimos años, la crianza ha entrado en una fase marcada por la sobreprotección. Padres y madres, armados con más información que nunca, sienten que cada decisión puede tener consecuencias irreversibles en el futuro de sus hijos. Esa preocupación constante ha derivado en un estilo de educación que busca eliminar cualquier tropiezo, pero que al mismo tiempo está generando una paradoja: niños que crecen sin aprender a manejar la frustración y adultos que se quiebran ante el primer obstáculo real.
La psicóloga infantil Ana Aznar, autora de Educar también es decir no, sostiene que la sobreprotección es un error: los niños necesitan equivocarse, frustrarse y aprender de sus propios tropiezos. Decir “no”, asegura, es un acto de amor que fortalece a los hijos en lugar de fragilizarlos. La ciencia respalda esta idea, mostrando que la infancia importa, pero no determina por completo el futuro, y que la capacidad de adaptación se construye también en la adolescencia y la adultez.
La paradoja de la sobreprotección: cómo la hiperpaternidad está creando adultos frágiles ante la frustración
El término “hiperpaternidad” describe un estilo de crianza caracterizado por una atención desorbitada hacia los hijos. Surgió como reacción a épocas en las que los niños eran vistos como un complemento de la vida adulta, y hoy se traduce en padres que buscan eliminar cualquier obstáculo del camino de sus hijos.
Aunque la intención es proteger, el efecto puede ser contrario: al impedir que los niños enfrenten dificultades, se limita su capacidad de desarrollar autonomía y resiliencia.
Una de las mayores fuentes de ansiedad en los padres es la idea de que lo que ocurre en la infancia marca de manera definitiva la vida adulta. Sin embargo, estudios longitudinales muestran que factores como el entorno social, las relaciones en la adolescencia y la experiencia laboral tienen un peso incluso mayor en el bienestar adulto.
Esto no significa que la infancia no importe, sino que el desarrollo humano es acumulativo y flexible. La sobreprotección, en este sentido, no garantiza un futuro mejor, sino que puede limitar la capacidad de los hijos para enfrentar los retos posteriores.
La paradoja de la sobreprotección: educar también es decir “no”
El argumento detrás de este estilo de crianza es evitar el sufrimiento infantil. Pero la ciencia ha demostrado que la sobreprotección se asocia con problemas internalizantes como ansiedad y depresión. Al “limpiar el camino”, los padres impiden que los niños practiquen su tolerancia a la frustración.
Estudios recientes vinculan la sobreimplicación parental con menor autonomía y peor ajuste emocional en la adultez. En otras palabras, un niño que nunca se frustra termina siendo un adulto incapaz de manejar un “no” en la vida real, ya sea en el trabajo o en sus relaciones.
Otro mito común es que un divorcio siempre destroza a los hijos. La evidencia apunta a que lo más determinante es la calidad de la convivencia. Un hogar con dos padres en constante conflicto resulta más dañino que una familia monoparental donde existe calma y apoyo.
El bienestar infantil depende más de la ausencia de hostilidad y del clima emocional que de la estructura familiar en sí. Esto refuerza la idea de que lo importante no es evitar cualquier cambio, sino garantizar un entorno sano y estable.
El problema de las pantallas: acompañar, no prohibir
En la actualidad, uno de los grandes debates es cuándo dar un celular a los niños. La ciencia señala que lo relevante no es solo el tiempo frente a la pantalla, sino lo que se deja de hacer por estar conectado: dormir, moverse o socializar cara a cara.
Superar las dos horas diarias de uso recreativo se asocia con mayor riesgo de ansiedad y problemas psicosociales. La recomendación es llenar la vida de alternativas como deporte, juego libre y descanso, además de vigilar la calidad del contenido consumido.
Conclusión: ¿crianza en una jaula de cristal?
Tal y como lo resume Ana Aznar:
“Estamos sobreprotegiendo a los hijos y eso es un error, porque aprenden de los errores. Los niños necesitan equivocarse, frustrarse y aprender a levantarse. Nosotros acompañamos a los hijos, pero no les solucionamos todo. Si nunca se frustran, les abocamos al fracaso, porque la vida está llena de problemas y no siempre estaremos ahí. Es como aprender a andar: primero les llevas de la mano, luego sueltas poco a poco”.
Los niños necesitan equivocarse, frustrarse y levantarse por sí mismos. Los padres acompañan, pero no deben resolver todo. Si nunca se enfrentan a la frustración, los hijos llegan a la adultez sin herramientas para enfrentar la vida real. Irónicamente y como ya venimos diciendo desde el principio, al intentar protegerlos de todo, los estamos preparando para fracasar ante el primer obstáculo.
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